La aventura de una teología sin violencia (I)

Aunque la idea de una perspectiva religiosa emancipadora resulte contradictoria, especialmente para las personas que confirman con sus propias experiencias de vida lo difícil de ese propósito, en Cuba existe una denominación que no encuentra ningún conflicto entre la libertad y la fe.

Somos ICM en Cuba, en representación de la Iglesia de la Comunidad Metropolitana, creada en Estados Unidos durante la década del 70, promueve una lectura de los textos bíblicos que reconoce las profundas manifestaciones patriarcales y heterosexistas que en ellos subyacen, así como las consecuencias que han tenido para la conformación de un imaginario social violento, y en particular, hacia las mujeres y las personas LGBTI, según asegura Elaine Saralegui, pastora de la congregación matancera, única de su tipo en nuestro país.

¿Existe violencia de género en los textos bíblicos y en la tradición cristiana?

Los ejemplos de violencia de género en la Biblia son numerosos y han formado parte del imaginario religioso y cultural de la tradición cristiana, a lo largo de la historia de la iglesia, hasta nuestros días.

Considero que es importante hablar de la cuestión de Dios y de quién lo nombra, pues si como explica la teóloga feminista Mary Daly “Si Dios es masculino entonces lo masculino es Dios”, entonces debemos reflexionar sobre quiénes son las personas que han estado discursando sobre Dios y por qué.

La tradición hebrea, recogida en el Primer Testamento, desarrolló un monoteísmo masculino aunque no siempre tuvo ese carácter, como demuestran los rezagos de la divinidad femenina que persisten en la Biblia –por ejemplo, en el libro primero de Reyes, versículos 12, 13 y 15- a pesar de que trataron de suprimirla durante la Reforma de Josías.

El Dios bíblico, no solo es masculino, sino patriarcal y kiriarcal. Lo primero lo ubica en uno solo de dos géneros, lo segundo se refiere al “dominio del padre” en el orden de gobierno y de la sucesión familiar y lo tercero tiene que ver con lo político y social del patrón o “kyrios”, que siguen siendo las características  de Dios que se adora hoy en las iglesias cristianas.

El libro Números, del Primer Testamento, evidencia la violencia sexista en varios apartados, tales como el capítulo 5, versículos del 11 al 31, el capítulo 12, versículos del 1 a 16, el capítulo 25, versículos del 1 al 18, y el capítulo 36, del versículo 1 al 13.

En estos y otros pasajes, la figura de la mujer es presentada estratégicamente como una amenaza de conflicto y destrucción para el proyecto social deseado, que se centra en líderes masculinos y sacerdotales. Como tal, son merecedoras de rituales de maldición, castigo, exclusión de la comunidad, condenación y muerte.

Las prácticas e iniciativas de mujeres, como posibles relaciones sexuales con otro hombre, en el caso de Números 5, disputas de poder en Números 12, y el liderazgo ritual en Números 25, son controladas drásticamente.

Estos textos son en extremo violentos, las mujeres son colocadas públicamente bajo sospecha, desautorizadas religiosa y políticamente, castigadas corporal y verbalmente y excluidas de la comunidad. Dios desprende toda su ira sobre ellas por lo que son execradas en público y responsabilizadas por la situación de calamidad de todo el pueblo.

Existen algunos ejemplos de violaciones sexuales que ocurrieron antes del período monárquico, durante el período de los jueces, cuando “no había ley” ni una persona que gobernara. Por ejemplo, la violación de la concubina del levita, en el capítulo 19 del libro Jueces, es una historia muy parecida a la destrucción de Sodoma y Gomorra y es la más horrible de todas las vejaciones. Es un texto que habla de violación en grupo y descuartizamiento con una carga de dramatismo que deja el corazón apretado.

También la Biblia recoge pasajes en los que Jehová –uno de los nombres de Dios- hace distinción de género a la hora de intervenir. En Génesis 22, versículos del 2 al 11, se narra la historia del sacrificio de Issac, donde es alabada la fe de Abraham quien tomó el cuchillo para ofrecer la vida su hijo y en el último momento Jehová intervino impidiéndolo.

Por el contrario, la hija de Jefté, en Jueces 11, versículos del 34 al 39, no corrió la misma suerte. La historia asegura que el guerrero prometió sacrificar a la primera persona que le saliera al paso de regreso de la guerra, en caso de resultar vencedor, y esa persona fue su única hija. En el momento de cumplir lo prometido, Jehová no apareció.

Existen textos bíblicos que refuerzan, además, la violencia hacia las personas con diferente orientación sexual e identidad de género. En Génesis 19, versículos del 1 al 11, aparece la historia más utilizada para condenar la homosexualidad: la de Sodoma y Gomorra. No en vano asociamos la historia de estas ciudades con homosexualidad, perversión y una visión peyorativa hacia aspectos de la sexualidad, como el coito anal entre hombres.

Incluso, el concepto medieval de sodomía es hoy utilizado en el código penal de algunos países, para denominar las relaciones sexuales que se salen del marco heteronormativo del coito vaginal.

El versículo 22 del capítulo 18 de Levítico que establece: “No te acostarás con varón como con mujer; es abominación”, y el versículo 13 del capítulo 20 del mismo libro, que decreta “Si alguien se acuesta con otro hombre como se hace con una mujer, abominación hicieron; ambos han de ser muertos: sobre ellos caerá su sangre”, están entre los textos más utilizados para justificar la violencia hacia las personas LGTBIQ por parte de las instituciones religiosas.

Pero volviendo a la violencia hacia la mujer, en las cartas pastorales encontramos dos textos horribles que hoy son utilizados por iglesias, sin tener en cuenta la crítica textual o el contexto en el que se escribieron, para fomentar la sumisión femenina.

Es el caso de 1 de Corintios, capítulo 14, versículo 34, cuando dice: “Las mujeres cállense en las asambleas; que no les está permitido tomar la palabra; antes bien estén sumisas como también la ley lo dice”, y de la frase “Igualmente, vosotras mujeres, sed sumisas a vuestros maridos; para que, si incluso algunos no creen en la Palabra, sean ganados no por las palabras; sino por la conducta de sus mujeres”, que aparece en 1 Pedro, capítulo 3, versículo 1.

Lo más interesante es cómo los fundamentalistas y literalistas sacan el texto conveniente y lo transportan como ley a cumplir en nuestros días, sin tener en cuenta elementos como la crítica, la época, contexto, el lenguaje y la exégesis. Ellos han sabido escoger bien qué poder validan, y a qué grupo humano excluyen y violentan.

¿Cómo han influido esos dos elementos en las relaciones violentas entre los seres humanos por cuestiones de género?

Yo creo que la tradición de la iglesia, con sus basamentos bíblicos, nos ha enseñado más a ejercer violencia que a amar, por lo que se ha puesto la Biblia en función de la tradición y no viceversa. Hemos sido incapaces de entender el mensaje del resucitado.

El cristianismo, como lugar de poder, produce relaciones desiguales y estrategias desde donde desplegarlo, entre las que la tradición avalada por los textos bíblicos ha sido una muy poderosa.

A lo largo de su existencia se han buscado los textos bíblicos que condenan la homosexualidad y a las mujeres, que validan la esclavitud, la xenofobia, la erotofobia, las guerras. Muchos cristianos y cristianas se han convertido en expertos validando las exclusiones y el odio, incluso entre denominaciones cristianas.

Los textos bíblicos antes mencionados siguen siendo la norma para el comportamiento moral de algunos que, aunque se reconocen como cristianos y cristianas, los aplican sin ningún análisis del contexto u otro tipo de discernimiento: sencillamente se saca el texto y se aplica aquí y ahora.

 

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